Encuentros y abismos

Fiel a su rito, aquella noche Carlos acudió a aquel privado.

Una tras otra, las tres mujeres se fueron presentando.

Mariana fue la primera. Para Carlos fue suficiente. Con amabilidad, cumplió el ritual con las dos restantes.

Había algo en Mariana que lo hizo sentir tranquilo. Una tenue sonrisa. Una alegría juvenil.

Cuando la secretaria le preguntó, Carlos la eligió sin dudar.

Mariana volvió y Carlos sintió que era otra. Una distancia fría parecía envolver la situación. Era evidente que ese hielo partía de Mariana.

En vano Carlos intentó distender a través de algunas palabras. Mariana respondió con una cordialidad fría que confirmaba la sensación de Carlos.

Al comenzar el juego, Mariana comenzó a besarlo con cierta suave ternura. Una dulzura etérea parecía abrigar ese aire, cuyo fondo era de vacío y misterio.

Carlos ya no esperaba nada. La dulzura de Mariana era puro regalo. Tenía el sabor justo de lo que ya no se cree que pueda llegar.  Pero estaba sucediendo. Carlos disfrutaba del paisaje pacífico de los besos de Mariana en su pecho. En todo su cuerpo. Hasta que Mariana lo besó en la boca.  Carlos sintió que era el momento de actuar. Entonces la abrazo con fuerza contra su pecho, mientras comenzaba a recorrerla en sus suavidades. Él no podía dejar de embriagarse con la ilusión de que los besos de Mariana eran besos de novia.

Estuvieron ensimismados durante un largo rato.  La ternura corporal de Mariana tenía el sello de lo evidente. Pero su silencio intenso no la confirmaba. Carlos comenzó a inquietarse. Había algo enigmático que lo perturbaba. Su tensión se tornaba tan cierta como la dulzura a la que asistía. Pero el silencio hermético de Mariana ahondaba un abismo.

Y así siguieron. Todas las variantes del ansia que es fuego. Todos los matices del amor que podría ser verdadero. Todos los ritos de los enamorados.  Sin embargo, el abismo seguía allí. La ternura de Mariana era apenas un oasis contra un fondo de desasosiego. Su infinito silencio comenzó a lastimar el corazón de Carlos. Mientras ella lo apretaba contra su pecho con una extraña pasión, él libraba una violenta batalla interior que oscilaba entre el cielo y la nada.

Finalmente el clímax llegó. Y las tensiones se disolvieron al modo de una tregua fugaz. Carlos entendió que era el momento de hablar. Entonces intentó vanamente ponerle letras al vértigo que lo había consumido. Atinó a decir que, para él, Mariana era un enigma. Le confesó que jamás había sentido tanta cercanía y lejanía al mismo tiempo. Mariana respondía desde otra dimensión. Parecería hablar desde el seguro puerto de lo que no es trascedente.

La confusión de Carlos llegó al límite de lo intolerable. Entonces, jugando a la inocencia pero sabiendo lo que se jugaba, se animó a preguntar “¿Y qué pensás de mi?”. Mariana respondió impertérrita: no te lo voy a decir”. Carlos sintió el filo de la daga punzando su alma.

Ya era hora de partir. Mariana lo acompañó hasta la puerta. Antes de despedirse volvió a besarlo como sólo puede hacerlo  una novia. Carlos volvió a repetir lo que antes había dicho: “Sos muy dulce”. Mariana, rápida, respondió con su mejor sonrisa juvenil  “Vos también; necesitas saberlo todo”

Al salir a la calle sintió que algo se había roto. Se sintió un niño asustado. Un paria.  La calle estaba desolada. Su alma también.

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Such a deep asnewr! GD&RVVF
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