Elogio de El Principito (y del amor a su rosa)

 

Como dice esa hermosa letra de la “Canción de las simples cosas” (escrita por Armando Tejada Gómez) “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Será por eso que tarde o temprano volvemos a El Principito.

Tanto se ha ya escrito sobre El principito, ese libro mágico escrito para grandes que no olvidan su corazón de niños, que se torna difícil agregar algo original. Pero los resquicios del alma siempre esconden algún matiz que nos deleita descubrir.

Este es el mío, en esta noche:

Como toda verdadera poética, la imagen de un universo que no es el mismo si en algún planeta lejano un cordero se ha comido o no a una rosa amada, transmite una estética maravillada.

La tensión entre un universo luminoso y otro oscuro, transmite ese incierto intersticio entre la dicha y la tristeza. Que la rosa sea o no sea: esa es la verdadera cuestión existencial que habita el corazón del enamorado.

Pero intuyo que no es sólo eso. Porque, como escuche decir certeramente a un querido psicoanalista, “toda estética remite a una metafísica”.

Lo cual -para mi- significa que el fondo de la pregunta que horada el corazón de nuestro Principito (¿pero es que el zorro se habrá comido a no a la rosa?) se revela no sólo el enigma y la angustia del sentimiento, sino también los del conocimiento.

Cabe recordar que en palabras de George Berkeley, el fundador del idealismo, “ser es ser percibido”. De modo que todo ese andamiaje de un universo infinito, inmutable e indiferente a nuestro destino, se derrumba en ausencia de una conciencia que lo contemple.

Para decirlo más sencillo: según ese filósofo británico, si súbitamente desaparecieran todas las conciencias del universo, entonces éste caería con ellas; ¿Por qué qué cosa (continúa Berkeley) podría  resultar más inimaginable que un universo tangible que nadie puede ver o tocar?.

Llego entonces al núcleo de la idea que anima estas líneas: el dilema de El Principito no es sólo sentimental, sino –también- existencial. Porque quizás el verdadero amor sea la única garantía de existencia tanto del Otro como de Uno. (Eso que algunos psicoanalistas podrían llamar “narcisismo espejado”).

Me gusta imaginar lo que se imagina ese Principito perdido en un mundo de ausencia pero recordando una presencia hecha de “la sustancia de los sueños” (la frase es de Borges).

¿Vivirá o no la rosa? Si vive, entonces el universo es un regocijo hecho de luces de estrellas, en el cual habrá una rosa (otra conciencia) desde la que seré pensado y amado.

Pero si no vive, entonces ese universo no será sino el vestigio inerte de lo que fue, pero ya no es; esa nada que me inunda y me arrastra al hielo del olvido. (Y no nos engañemos, es cierto que la rosa de algún modo vive en El Principito, pero quizás la angustia profunda de éste sea saber si él también perdura existiendo en el corazón de la rosa”).

Decía el gran Alejandro Dolina que quizás sólo hay dos ingredientes en la vida: conocimiento y sentimiento. Probablemente tenga razón.


Por eso quizás será que de tanto en tanto vuelvo a El Principito, ese libro mágico que siempre nos recuerda que aún somos el niño que fuimos, pero que está noche extrañamente me reveló que aquello de que el universo es un vasto misterio hecho de amor, quizás tenga algún sentido.


Y eso a pesar del escepticismo que nos empezó a invadir cuando comenzamos a perder aquella inocencia del niño que fuimos y que El Principito se encargará de recordarnos.

 

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Comentarios

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  1. LMGO.-el amor ,en abstracto,logra mantener,aun cuando no llegue a plasmarse ,fisicamente,es una esperanza de vida...Si es correspondido,mejor....pero ,basta ,que sea conocido y aceptado....y ahi ,la duda,la rosa esta en mi....estare yo en la rosa....es una ilusion....un sueño....pero ...eso ya es....en la vida...
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